Detrás de cada cuaderno hay manos que prueban, se equivocan y vuelven a empezar. Estas son las personas que colaboran en el blog y en los talleres de Asunción.
El bloque salió de una tabla de lapacho que compré en el mercado de productores. Medía 28 cm de largo, 9 cm de ancho y 4 cm de espesor. Pensé un mango recto, cómodo, sin complicaciones. El nudo central tenía otra idea: a la altura del tercer centímetro, la veta se cerraba y el formón rebotaba. Cambié el diseño a mitad de camino y la cuchara terminó más corta, con una curva que ahora agarra mejor que cualquier recta que hubiera dibujado.
Marqué el contorno con lápiz y empecé a sacar madera con el formón de 12 mm, que fue el que más me sirvió en todo el trabajo. El lapacho es duro, pero se deja cortar si uno respeta la dirección de la veta. A los veinte minutos el filo chocó con el nudo y saltó una lasca. Ahí entendí que el mango recto no iba a salir: la madera ya había decidido por mí.
Con gubia curva vacié el cuenco en capas finas, sin forzar. El nudo quedó integrado en la curva del mango y dejó de ser un problema. Aproveché para lijar con grano 80 y después 120, siempre en el sentido de la veta. La cuchara ya medía 22 cm en lugar de los 28 previstos, y pesaba bastante menos de lo que esperaba.
Terminé con lija 220 y pasé un trapo húmedo para levantar la fibra antes del sellado. Apliqué aceite de linaza en tres capas finas, con doce horas entre cada una. Con la humedad de Asunción, la última capa tardó casi dos días en secar del todo. La cuchara quedó con un tono miel oscuro y un brillo mate que no se va con el lavado a mano.
Antes de cortar, revisar la veta con luz rasante para ubicar los nudos. Tener siempre dos formones a mano: el de 12 mm para desbastar y uno más pequeño para los rincones del cuenco. Y no pelear con la madera: si el nudo aparece, conviene rediseñar antes de forzar el filo. La cuchara quedó más corta, sí, pero la uso todos los días para revolver la olla lenta.